¡Bienvenidos al Club de Lectura en español!

 

No pretendemos utilizar la lectura como un método más para aprender nuevas estructuras gramaticales y expresivas de la lengua española. Queremos, ante todo, leer por el simple placer de descubrir nuevos autores, de deleitarnos con el arte de la palabra y prestar atención a escritores que hasta el momento no hemos tenido oportunidad de leer en su lengua materna.

Para ello, hemos decidido introduciros en lecturas y escritores a través de esta página. Periódicamente introduciremos textos, imágenes e introducciones para animaros a la lectura de todo tipo de obras.

 

 

LA FIEBRE DEL LECTOR

La literatura sólo existe, de verdad, en cada caso concreto: cuando un adolescente vuelva su angustia, por primera vez, en una cuartilla; cuando un escritor se levanta muy pronto, todos los días, y, mientras toda la casa duerme, tenga anas o no, se pone delante de las hojas en blanco; cuando un hombre maduro resume en una historia sus desengaños y su amor a la vida.

A la vez, la literatura sólo está viva de verdad cuando alguien, al leer un libro, siente que le está subiendo la fiebre y que ésa era la música que él necesitaba.

Andrés Amorós

 

FEDERICO GARCÍA LORCA (FUENTE VAQUEROS, 1898—GRANADA 1936)

                                                       

Poeta y dramaturgo eterno cuyo espíritu vagará por siglos por las palabras de todos los poetas de lengua hispana. Responsable máximo del  éxito del surrealismo en la iteratura española, su palabra poética se carga de simbolismo y emoción populares.

Logró una enorme popularidad al eregir en Romancero gitano un altar a Andalucia y a la cultura gitana, siendo el primero que las dignificaba más allá de folclorismos inhertes.

Entre sus obras universales también se cuentan Poeta en Nueva

York  y La casa de Bernarda Alba.

Hombre entusiasta y alegre, su genio fue cortado en su momento

culminante de creación por la intolerancia fascista, convirtiéndose

él mismo en un simbolo para la historia de España. Sus pecados:

ser un intelectual enamorado de la libertad y declararse

abiertamente homosexual.

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (ARACATACA, 1928—)

                                                       

Gabriel José de la Concordia García Márquez es el novelista en lengua española más influyente de la segunda mitad siglo XX. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1982. Se le considera si no el padre del Realismo mágico al menos si su principal exponente. El Realismo mágico es una particular combinación de Realismo e imaginación que pretende retratar la realidad americana captando su espíritu mágico. Relata con naturalidad realista hechos fantásticos que en América se consideran normales. Su novela más reconocida internacionalmente es Cien años de soledad (1967). Otras obras a destacar entre su prolífica producción: El coronel no tiene quien le escriba (1961), El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981), El amor en tiempos del cólera (1985).

Nació en Aracataca, en Colombia, en 1928, donde fue criado por sus abuelos. Estudió en Bogotá hasta que abandonó los estudios. En 1960 se trasladó a la Habana, donde había triunfado la Revolución Cubana y donde hizo amistad con Fidel Castro y el Che Guevara. En 1961 se instaló en Nueva York como corresponsal de Prensa Latina. Al recibir amenazas y críticas de la CIA y de los exiliados cubanos, que no compartían el contenido de sus reportajes, decidió trasladarse a México.

En 1969 se intala en Barcelona donde vivirá varios años entablando relación con numerosos intelectuales. A partir de este momento vive a caballo entre México, Colombia, París y La Habana, dedicado a su actividad  periodística, novelística, autobiográfica, cinematográfica, editorial, política...

Cien años de soledad

 

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.” José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: “Para eso no sirve.” Pero José Arcadio Buendía no creía en aquél tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados... Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras...

MIGUEL DE UNAMUNO (BILBAO, 1864—MADRID 1936)

                                                       

Autor de novelas, poesía, teatro y ensayos filosóficos, Unamuno es uno de los personajes más relevantes de la cultura español de inicios del siglo XX. Su literatura y su pensamiento se basan en el sentimiento trágico de la vida, es decir, en los sentimientos provocados por el miedo a la muerte, a la desaparición.

Formalmente fue un absoluto innovador en todos los géneros literarios, siempre persiguiendo la esencialidad expresiva y estructural.

Pasó la mayor parte de su vida como rector de la Universidad de Salamanca, desde donde influía en la vida cultural y política del país. En los últimos días de su vida se enfrentó a las fuerzas fascistas recién levantadas en armas contra la República española en un acto que casí le costó la vida.

Algunas obras fundamentales son: Niebla, San Manuel Bueno mártir, Abel Sánchez (novela),  Del sentimiento trágico de la vida, Vida de don Quijote y Sancho (ensayo), El cristo de Velázquez (poesía), La venda, Fedra (teatro).

Su novela más recomendable es Abel Sánchez, donde reescrive el mito de Abel y Caín.

Abel Sánchez

 

Durante los estudios del bachillerato, que siguieron juntos, Joaquín era el empollón, el que iba a la caza de los premios, el primero en las aulas y el primero Abel fuera de ellas, en el patio del Instituto, en la calle, en el campo, en los novillos, entre los compañeros. Abel era el que hacía reír con sus gracias y, sobre todo, obtenía triunfos de aplauso por las caricaturas que de los catedráticos hacía. «Joaquín es mucho más aplicado, pero Abel es más listo... si se pusiera a estudiar...» Y este juicio común de los compañeros, sabido por Joaquín, no hacía sino envenenarle el corazón. Llegó a sentir la tentación de descuidar el estudio y tratar de vencer al otro en el otro campo, pero diciéndose: «¡bah!, qué saben ellos...», siguió fiel a su propio natural. Además, por más que procuraba aventajar al otro en ingenio y donosura no lo conseguía. Sus chistes no eran reídos y pasaba por ser fu ndamentalmente serio. «Tú eres fúnebre -solía decirle Federico Cuadrado-, tus chistes son chistes de duelo.»

 

 

 

 

Cuadro de texto: aplicado, pero Abel es más listo... si se pusiera a estudiar...» Y este juicio común de los compañeros, sabido

Cuadro de texto: por Joaquín, no hacía sino envenenarle el corazón. Llegó a sentir la tentación de descuidar el estudio y

Cuadro de texto: tratar de vencer al otro en el otro campo, pero diciéndose: «¡bah!, qué saben ellos...», siguió fiel a su propio

Cuadro de texto: natural. Además, por más que procuraba aventajar al otro en ingenio y donosura no lo conseguía. Sus

Cuadro de texto: chistes no eran reídos y pasaba por ser fu ndamentalmente serio. «Tú eres fúnebre -solía decirle Federico

Cuadro de texto: Cuadrado-, tus chistes son chistes de duelo.»

PEDRO GARFIAS (SALAMANCA, 1901—MONTEREY 1967)

                                                       

Pedro Garfias es un poeta poco conocido pero de una intensidad y una belleza de palabra difícilmente paragonables. Formó parte de la llamada Generación del 27, junto a García Lorca. Su poesía es sincera y esencial, usando con la humildad de un carpintero los recursos expresivos de las vanguardias.

Debido a su militancia política en el comunismo sufrío la expatriación. Junto a la patria perdió también la alegría y se refugió en el alcohol. Los alegres poemas de El Ala del Sur se transformaron en amargos llantos en Primavera en Eaton Hastings.

LLANTO SOBRE UNA ISLA

Ahora
Ahora sí que voy a llorar sobre esta gran roca sentado
la cabeza en la bruma y los pies en el agua
y el cigarrillo apagado entre los dedos…

Ahora
Ahora sí que voy a vaciaros ojos míos, corazón mío,
abrir vuestras espitas y vaciaros
sin peligro de inundaciones.
Ahora voy a llorar por vosotros los secos
los que exprimís vuestra congoja como una virgen sus pechos
y por vosotros los extintos
que ya exhaláis vapor de hieles.

Ahora voy a llorar por los que han muerto sin saber por qué
cuyos porqués resuenan todavía
en la tirante bóveda impasible…
Y también por vosotras, lívidas, turbias, desinfladas madres,
vientres de larga voz que araña los caminos.
Un llanto espeso por los pueblecitos
que ayer triscaban a un sol cándido y jovial
y hoy mugen a las sombras tras las empalizadas.

Y por las multitudes
que pasan sus vigilias escarbando la tierra…
Un llanto viudo por los transeúntes
tan serios en el ataúd de su levita.

Ahora
Ahora voy a llorar mis llantos olvidados
mis llantos retenidos en su frente
como pájaros presos en la liga.
Los llantos subterráneos
los que minan el mundo y lo socavan
los que buscan la flor de la corteza
y el cauce de la luz, los llantos mínimos
y los llantos caudales acudan a mis ojos
y fluyan en corriente sosegadas
a incorporarse al llanto universal.

Sobre esta roca verdinegra
agua y agua a mi alrededor
ahora si voy a llorar a gusto.

VEINTE POEMAS DE AMOR Y UNA CANCIÓN DESESPERADA

20

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos
           árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis
          brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

                                                        PABLO NERUDA, Neftalí Ricardo                                                         Eliecer Reyes Basoalto (PARRAL,                                                         1904-SANTIAGO DE CHILE,                                                                 1972)

 

                                                        ¿Qué decir de este poeta universal?

Se le conoce principalmente por los poemas de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, donde cantó como nadie al amor, a la mujer y a la sensualidad. Sus palabras han conducido millones de manos a través de cuerpos ajenos. El amor, a través de Neruda, es realista y sublime al mismo tiempo. Es el cuerpo que se hace etéreo y el alma que ansía el sexo.

 

Pero no todo fueron poemas de amor. También cantó al pueblo, a su pueblo americano y al pueblo universal

que sufre. Cantó a la tierra, cantó al mar,

a los astros, al viento, a la vida y a la

muerte.

 

Nadie puede perderse su Residencia en la

tierra, España en el corazón y, sobre todo, su Canto general. No en vano recibió el Premio Nóbel de Literatura en 1971.

 

                                          Este popularísimo poeta nació y murió en                                             Chile, país que amaba profundamente. Sin                                           embargo, este amor no fue siempre                                                        correspondido por todos en el país andino y                                           en ocasiones sufrió la censura y el exilio.                                              Todo ello por su militancia política al lado de                                           los que sufren.

 

                                         

Romance de la pena negra

(Romancero gitano)

A José Navarro Pardo

Las piquetas de los gallos
cavan buscando la aurora,
cuando por el monte oscuro
baja Soledad Montoya.

Cobre amarillo, su carne,
huele a caballo y a sombra.
Yunques ahumados sus pechos,
gimen canciones redondas.
Soledad, ¿por quién preguntas
sin compaña y a estas horas?
Pregunte por quien pregunte,
dime: ¿a ti qué se te importa?
Vengo a buscar lo que busco,
mi alegría y mi persona.
Soledad de mis pesares,
caballo que se desboca,
al fin encuentra la mar
y se lo tragan las olas.
No me recuerdes el mar,
que la pena negra, brota
en las sierras de aceituna
bajo el rumor de las hojas.
¡Soledad, qué pena tienes!
¡Qué pena tan lastimosa!
Lloras zumo de limón
agrio de espera y
de boca.
¡Qué pena tan grande! Corro
mi casa como una loca,
mis dos trenzas por el suelo,
de la cocina a la alcoba.
¡Qué pena! Me estoy poniendo
de azabache, cama y ropa.
¡Ay mis camisas de hilo!
¡Ay mis muslos de amapola!
Soledad: lava tu cuerpo
con agua de las alondras,
y deja tu corazón
en paz, Soledad Montoya.

*

Por abajo canta el río:
volante de cielo y hojas.
Con flores de calabaza,
la nueva luz se corona.
¡Oh pena de los gitanos!
Pena limpia y siempre sola.
¡Oh pena de cauce oculto
y madrugada remota!